13/11/2021

Opinión

FREUD

El malestar de las nuevas generaciones, un buen tema de estudio

(Especial para El Diario 24).

“El malestar en la cultura”, libro de Sigmund Freud publicado en 1930 fue una de las obras más influyentes del siglo XX. Aclaro por las dudas, no soy especialista, pero su tesis, expresada groseramente, sostiene algo así como que las exigencias pulsionales son antagónicas a las restricciones impuestas por la cultura. Simplificándola mucho, pero muchísimo, podríamos expresarla así: “Nos gustaría hacer lo que se nos da la gana, pero la civilización nos impone que no salgamos desnudos a la calle”.

Dicho por él, en el capítulo VIII: “Acaso haya perjudicado el edificio del ensayo, pero ello responde enteramente al propósito de situar al sentimiento de culpa como el problema más importante del desarrollo cultural, y mostrar que el precio del progreso cultural debe pagarse con el déficit de dicha provocado por la elevación del sentimiento de culpa”.

Tenga en cuenta que Freud nació en Londres en 1856 y falleció en 1930: había sido testigo de uno de los más colosales cambios de vida del hombre en toda su existencia. Cuando era chico, montar a caballo era la manera más segura de recorrer grandes distancias, al morir, en 1938, la electricidad era popular, el avión se imponía como medio de transporte, las grandes ciudades de su infancia ya eran megalópolis y la penicilina estaba cambiando la vida de muchos, haciéndola más extendida en el tiempo y más placentera también.

Es como que el alma humana tarda unos años en acomodarse a los cambios que van ocurriendo a su alrededor (no diga nada, hablar del alma delante de Freud, es una contradicción, pero qué quiere, ya le dije, no soy del palo). Hasta la aparición de la pólvora, esos cambios eran tan paulatinos que se notaban recién en varias generaciones, nada obligaba a los jóvenes a pensar que su mundo sería distinto al que habían recibido de los padres. El arco, la flecha, el arado eran los mismos desde los abuelos y seguirían siendo iguales cuando los nietos fueran viejos.

En 1938 ya era frecuente hacer gimnasia como un ejercicio, pero no significaba, necesariamente, prepararse para la guerra, desde la Primera Gran Guerra, las mujeres trabajaban en masa fuera de la casa. El cuerpo mismo del hombre había cambiado, gracias a la aparición de médicos más racionales y de los dentistas, se alimentaba mejor, y las expectativas de vida habían superado los 50 años.

Durante milenios los niños de todas las culturas se han divertido con la payana, el trompo, las bolitas, juegos que esencialmente no cambiaban de padres a hijos. De repente, en la segunda mitad del siglo pasado la costumbre se cortó del todo. Los chicos de hoy, criados casi sin hermanos, tuvieron un televisor por niñera. Todos los días se venden juegos, más y más espectaculares, pero los cansan casi al instante. De repente los chicos se aburren, tienen esplín los mocosos, algo impensado para quienes han pasado de los 50 años. ¿Cómo no se iba a divertir un chico, si tenía a disposición una tracalada de hermanos, primos, vecinos y espacio en el patio?

Volviendo al principio, hablando de una manera basta, podríamos sostener que sigue existiendo aquel malestar en la cultura del que hablaba Freud. El fin de siglo trajo aparejados cientos de inventos que mostraron al hombre distintas posibilidades que las de sus padres, esta vez en materia de comunicaciones. A la vez se abre paso, cada vez con más certeza, la posibilidad del cierre definitivo del ciclo adánico sobre la faz de la Tierra: cualquier día de estos, las altas temperaturas terminarán matando a la raza humana. Y las generaciones jóvenes lo tienen bien presente.

Ciertas actitudes, como la generalizada costumbre de tatuarse, los aros y metales en casi todo el cuerpo de hombres y mujeres, los extraños nombres que eligen para sus hijos y la ruptura casi total que muchos intentan contra el sistema de creencias de sus padres, estarían mostrando que hay algo que les incomoda de este mundo que no termina de cerrarse del todo.

Es como si no entendieran el universo tal como les fue dado y pretenden un cambio, que fue intentado en el pasado una y otra vez, siempre sin éxito. ¿Podría haber, como consecuencia, una falta de horizontes espirituales a largo plazo?, podría, pero quién es uno para asegurarlo.

El mañana les ocurrió ayer y se quedaron sin capacidad de asombro, con pocos retos que cumplir. Les entusiasma la maravillosa juventud de la década del 60, que quería cambiar el mundo, a veces con métodos violentos, pero no están dispuestos a pagar ningún costo material por ello. Como que se harían guerrilleros para luchar contra el sistema, pero, por favor, sin mosquitos en la selva, con revólveres de ceba y nada de dormir en el suelo duro. Ah, y que no falte el wi-fi.

Báh, digo. Ya avisé que no soy psicólogo ni sociólogo. Lo expuesto es solamente una impresión general, así, a vuelo de pájaro. Supongo que el malestar actual está siendo ampliamente estudiado por quienes saben de estos asuntos. Por eso pretendo que se tome esto sólo como el ensayo de alguien que toca de oído y además es desafinado.

Por hoy eso nomás tengo para decir. Mañana será otro día.

Juan Manuel Aragón


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