16/11/2021

Opinión

PERDEDORES

Breve y sesgada historia de la avenida Belgrano en Santiago del Estero

(Especial para El Diario 24)

Dicen que Francisco de Aguirre buscó un lugar para mudar la Ciudad del Barco, fundada por Juan Núñez de Prado, llevada y traída de Tucumán a Salta y luego instalada aquí mismo. Primero quiso en instalarla más allá del aeropuerto de Mal Paso, un lugar alto, más o menos donde ahora es la escuela Nicolás Juárez, pero era lejos de donde estaba en ese momento, en las inmediaciones de la Universidad Nacional, además había que ver el problema del agua.

Entonces la mudó un poco más al norte, los especialistas han calculado que sería al club de los bancarios, al Lawn Tenis, más o menos por ahí. Lo primero que hizo fue cambiarle el nombre: ahora sería Santiago del Estero. Capaz que pensó que llamar “Barco” a una ciudad a miles de leguas del mar y con un río que en invierno se secaba casi del todo, sonaría a chiste. El nuevo nombre era más bonito, más eufónico y quizás moderno para esos tiempos.

A quienes miden a las ciudades por la cantidad de habitantes, habría que avisarles que, entre indios y españoles, aquel poblado apenas llegaba a 500 cristianos. Lo que la hacía tal era su voluntad y su cabildo, cabeza de una amplia región desierta que iba desde el estrecho de Magallanes a lo que ahora sería el sur de Bolivia, y de Chile al Paraguay, pues en todo ese medio no había nada. Al menos en teoría Santiago tendría el señorío sobre casi todo lo que hoy es la Argentina.

Fue Aguirre el que trazó la acequia de la avenida Belgrano, que a la postre sería una de las primeras obras de ingeniería de la Argentina. Sabido es que el agua debe ir por lo alto para derramarse a los costados. Fue certero, sirvió hasta la década del 70 del siglo pasado cuando, en una noche de ignominia inconsulta, decidieron taparla para convertirla en un páramo gris, sin pájaros ni agua ni barcitos en el medio ni historia. Ni sombra de árboles.

Después la ciudad se empezó a desplazar lentamente. Había estado al lado del agua y cada nada las inundaciones le volteaban las casas. La pancita que hacía frente a sus casas empezó a crecer, de tal forma que hoy Los Bancarios y el Lawn Tenis, quedan a un kilómetro del río o tal vez algo más. Los bandeños se quejan, dicen que, si los santiagueños siguen corriendo el cauce del Dulce, pronto pasará por la avenida Besares. Los santiagueños se ríen y piensan que no estaría mal hacerlo pasar por el otro lado del mercado Unión, a ver qué hacen con su famoso orgullo, la Alhambra, la estación.

Los santiagueños se dividían en aguirristas y nuñezpradistas, según a quién creían fundador de la ciudad. Hasta hace poco ganaban los de Aguirre, pues no se hallaba por ninguna parte el acta primordial de Santiago. Los santiagueños estábamos con el perdedor, obviamente. Pero ahora, post mortem, Núñez es reivindicado, mete su golcito, se encuentra aquella famosa acta y los santiagueños volvemos a votar al menos favorecido: Aguirre. Como que lo valoramos más, le damos el crédito de la fundación. Digo, al menos a mí me sucede eso. Siempre estoy del lado de los perdedores, por eso sabrá ser que soy hincha de los canarios de Clodomira.

Dentro de los parámetros de su tiempo, Aguirre fue más práctico, imaginó la ciudad y le trazó su columna vertebral: la acequia cumpliría durante siglos el papel de regar los sembrados de los santiagueños. Con decirle que cuando llegó a este pago, el otro, Núñez, andaba buscando oro en Famatina, fruslerías. Le ocupó la casa del medio y cuando volvió, lo puso preso, le metió cadenas y lo mandó a Chile. Chau, gol de media cancha.

Esta era una tierra de hombres, caracho.

Juan Manuel Aragón


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