18/11/2021

Opinión

CURSUS HONORUM

El peligroso tipo con ideas peregrinas que un día se lanza a la política

(Especial para El Diario 24).

Desde la vuelta de la democracia ha habido ciudadanos que llegaron a tener altos cargos sin haber pasado por la militancia clásica de los partidos políticos —hoy llamados “espacios”— y sin los casi obligados “cursus honorum” que solían exigir a sus adherentes. Es gente que llegó “de afuera”, digamos y que en su primera presentación en sociedad por lo general tuvo éxito, justamente por su carácter de ´outsider´, literalmente “forastero”.

En la democracia, dentro de todo, no fueron casos muy graves, algún diputado o senador provincial o nacional que venía del ámbito de los negocios privados, un gobernador asociado a la canción popular, como Ramón Ortega, el automovilismo como Carlos Reutemann o la nostalgia de un tiempo autoritario, como Antonio Domingo Bussi. Ninguno trascendió al ámbito nacional o allí no fueron relevantes y, finalmente se convirtieron en anécdotas de sus provincias. Como llegaron, pasaron.

No hemos tenido hasta ahora en la nación, a un Jair Bolsonaro, prometiendo romper con todo y trayendo del ámbito privado sus ideas impracticables y peligrosas. Con su negación del coronavirus puso a su país entre uno de los que más muertos sufrió con la pandemia y, al parecer, por las noticias que llegan de allá, en poco tiempo se convirtió en muy impopular.

Se suele criticar a los políticos profesionales, pues nunca tuvieron un negocio privado ni debieron pagar los impuestos como un comerciante, no conocen ni la calle en que viven ni saben lo que es comer con un sueldo bajo como la mayoría de la gente. Son acusaciones injustas por lo generalizadas.

Porque no son una casta superior llegada de las nubes, sino que, en su vida anterior a un cargo público, muchos eran como nosotros. Mejor dicho, casi todos eran parte de nosotros. Gente común y corriente que, en vez de dedicar sus horas libres al club, a la jardinería, a la filatelia o a rascarse, iba al local del partido político de la vuelta de su casa a ver qué onda, daba una mano a los muchachos cuando salían a pintar paredes, repartía folletos, conversaba con los más viejos, que le pasaban parte de su experiencia o se fogueaba en cientos de discusiones sobre eso que los politólogos llaman “bien común”.

Por eso el ejemplo no debe venir de arriba, como se piensan en general, sino empezar de abajo, porque los políticos salieron de una casa como la suya y de la mayoría de sus vecinos, amigo. Si piensa que un político que pasó del medio siglo de vida, debe componerse para dar el ejemplo a los más jóvenes, estamos fritos, porque a esa edad nadie se hace distinto.  Lo ideal sería pedirles a los que recién están entrando, que no hagan macanas, se porten bien y piensen y obren de manera honesta. El ejemplo debe comenzar de abajo, digo, aunque suene medio ilógico.

Y es por eso también, que se debe mirar con total desconfianza al tipo que un día, después de sus 40 o 50 años, se despierta pensando en llevar sus ideas a la política real, deja de hablar de estos asuntos con la señora, los hijos, los amigos, se afilia a un partido y, gracias a su popularidad o a su dinero, se lanza a la arena. La mayoría suele ser tragado por esa máquina de picar carne que son los ámbitos legislativos. O peor, llega a un cargo Ejecutivo y trata de poner en marcha las patéticas ideas que tenía antes de llegar a la política, a veces con suerte, para desgracia de la sociedad. (Las excepciones fueron Ortega y Reuteman, a quienes no se les conoció el pensamiento político, si es que lo tenían, pero fueron caballos de estatua, pues no nos llevaron a ningún lado, pero tampoco nos garcaron). 

En fin, perdone si hoy no tengo una conclusión tajante para ofrecerle. Le dejé varios hilos sueltos para que piense la política desde otro punto de vista, si quiere. Y si no quiere, no.

Juan Manuel Aragón




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