29/11/2021

Opinión

FUMAR

Cómo fue que los fumadores pasaron a ser excluidos de la sociedad

(Especial para El Diario 24).

Fumar es un vicio, una mala costumbre. Y una enfermedad, aunque no vamos a compararlo con el sarampión, el herpes o la culebrilla, faltaba más. Eso lo saben los que fuman y los que no. El diccionario lo describe. Vicio es el hábito de hacer mal algo o de hacer una cosa perjudicial o que se considera reprobable desde el punto de vista moral. Acudamos a los sinónimos, pues vienen al caso: es parecido a defecto, imperfección, tacha, falta, mal, deficiencia, anomalía.

Antes de que comenzara la tirria contra los fumadores, en muchos lugares había un sector para ellos. Se fue achicando paulatinamente. En el ómnibus se permitía fumar, después empezó a haber un cartelito, pero nadie le hacía caso. En el avión también se podía, en todas partes, en realidad, hasta en la estación de servicios, muchos ni consideraban apagar el pucho cuando compraban nafta, para qué, oiga.

De hecho, hace 40 o 50 años, usted llegaba a una casa, encendía un cigarrillo y, como si nada pedía un cenicero. ¿Pedir permiso?, ¿por qué?, ¿también me tienen que autorizar a respirar o a parpadear? Se consideraba natural que los hombres fumaran donde se les diera la gana. Las mujeres también, pero eran mal vistas: “Es una que llega y enciende el pucho”, avisaban las viejas y se miraban entre ellas con ojos que decían mucho. También lo afirmaba la madre de la fumadora, indignada con la hija porque: “Parece una loca, cualquier día de estos nos va a venir con un disgusto más grande, esta chica”. El varoncito fumaba, pero eso lo hacía parece más grande y conseguir algún filito por ahí, según el maternal pensamiento de antaño.

Algunos se preguntaban si el cigarrillo podía matar. La respuesta era, posiblemente sí, pero no hay estudios que lo prueben, así que, venga ese Jockey Club y páseme el Carusita. Hasta en los dibujitos animados aparecían personajes fumando. Ahí estaba “Pucho”, de Hijitus, que en una escena dijo: “Me permite su encendido // para prender mi apagado // quedándole agradecido // por el servicio prestado”. Solamente por eso, hoy a Manuel García Ferré, autor de ese dibujito, hoy lo ahorcaban en la Plaza de Mayo, en presencia de delegaciones escolares y para escarmiento de todos los historietistas.

Hasta que, de repente, la tortilla se dio vuelta. Llegabas a una casa y apenas sacabas el atado del bolsillo uno te atajaba: “Si quieres fumar, todo bien, pero afuera por favor”. Lo prohibieron en todos los lugares cerrados, incluso se dio el caso de gente que, cuando el fumador salía a la calle, lo perseguían para ver que no encendiera el cigarrillo adentro, hubo hasta escenas de pugilato entre los que sí y los que no.

Cuando comenzó la batalla contra los fumadores, era sabido que la iban a terminar ganando. Las empresas del tabaco dejaron de hacer propaganda, desapareció el rubio fachero de Camel, que iba en un Jeep y cruzaba por lugares peligrosos, no se vieron más los cowboys de Marlboro y fumar un L&M, dejó de marcar tu nivel, entre otros inventos que mostraban lo bueno que era meter humo en los pulmones.

Es tan fuerte lo que hizo el anti tabaquismo, que ahora nadie pide permiso para fumar, sabe que no debe hacerlo adentro de una casa, a menos que el dueño le insista. No se fuma en restaurantes, bares, confiterías, tiendas de ropa, supermercados. Si alguien lo hace, sabe que solamente puede darse al vicio si el cielo es su techo. La imagen del tahúr del casino, orejeando sus cartas, detrás de un cigarrillo ha sido desterrada hasta de las películas. De hecho, también está prohibido fumar en televisión, se filme bajo techo o al aire libre, los personajes de las telenovelas no fuman y los del cine lo hacen excepcionalmente, sólo si el argumento lo marca bien fuerte.

Hasta aquí todo bien, ¿no? Los cruzados anti tabaco de buena parte del mundo, no solamente se salvaron de morir, por eso de los “fumadores pasivos”, sino que quizás también hicieron zafar a mucha gente de irse al infierno echándole la culpa al maldito pucho.

Pero, al mismo tiempo que arreciaban las campañas contra los fumadores, se ponen fotos de pulmones hechos percha en los paquetes de cigarrillos y se estigmatiza a los viciosos de mil maneras posibles, empezó una campaña, primero muy tímidamente y luego cada vez con más fuerza, para legalizar otros consumos.

Ahora quieren mostrarnos que la marihuana es la nueva amiga de los niños, inocente, pura, inofensiva, maravillosa. Dicen que tiene más propiedades que los hermanos Comués, dueños de la casa de venta de telas en Santiago del Estero. “Qué va a hacer mal, es según cómo te pegue”, avisan. “Siempre que sea con moderación no es tan dañina”, notifican. Y los más fanáticos proclaman: “Es terapéutica”, ¡chau, loco!, contra eso, ¿cómo te vas a oponer?, ¿qué vas a decir?

Argumentarás: puede dañar los tejidos pulmonares y causar cicatrices y daño en los vasos sanguíneos pequeños: también podría llevar a un aumento en el riesgo de tener accidentes cerebrovasculares, mini derrames y enfermedades cardiacas. Pero es tan fuerte la propaganda, que hasta los médicos que están en contra de su consumo han sido acallados o tienen miedo de manifestarlo. De hecho, en muchas partes del mundo quienes se dan con ella, por poco se pasan de legales, son ultra legítimos y de yapa benefactores de la humanidad. 

Es de esperar que de aquí a unos 20 o 30 años, cuando todos anden con cara de fumados en la calle, empiecen las campañas anti marihuaneras. Los consumidores pasarán a la vereda de los malos —como ahora los fumadores— pero quizás en el año 2100. Pero entonces estará surgiendo de abajo una campaña promoviendo el consumo legal de otra porquería: cocaína, ácido lisérgico, peyote, no importa.

Y vuelta a empezar.

Juan Manuel Aragón 


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