30/11/2021

Opinión

SAUDADES

A veces, entre sueños, vuelvo a los lugares que antes eran

(Especial para El Diario 24).

Algunas noches, bien tarde, antes de dormirme, con la fatiga a punto de ganar la cuadrera, vuelvo al pago querido a recorrer los caminos que antes eran. En mis saudades, esos sitios siguen siendo igualitos, bajo un cielo luminoso de verano que abarcaba desde un calicanto celeste hasta donde llegaran las aventuras que proponían los abuelos.

Dicen que muchos de esos lugares siguen existiendo y quizás sea cierto, continuarán como algo físico, habrá una sombra brillando verde bajo los paraísos, digo, pero sin la magia de esas eras, sin el ánimo juguetón de aquellos años, sin los soldaditos a la siesta ni el sulky verde ni la pesebrera ni el zarzo de los quesos ni el horno de leña. Todo luce ahora despojado del sentido de hogar con que lo vistieron mi abuela y mi madre.

Dos o tres veces al año diviso desde lejos esos eucaliptos en que las catitas se daban, sin solución de continuidad al trabajo de nacer, crecer, reproducirse y morir, desde que tuve uso de razón, hasta que, pasados mis 40 años, abandoné para siempre la casa que hoy, si no es tapera, cerca le anda.

Alguna vez cometí el error de volver a curiosear qué había sido de esa infancia y juventud feliz. Quedaban las paredes de la vieja casa, los corrales también estaban, pero derruidos, mi habitación, que mis hermanos bautizaron como la “Cueva del Oso” era dormitorio de alimañas, ¡y al calicanto le faltaban paredes! Unos mastines de los nuevos propietarios me descubrieron y emprendí veloz y presta retirada no sin antes insultarme a mí mismo por lo bajo: aquello había sido una desilusión, más que el esperado reencuentro con los amores juveniles.

En los tiempos de antes, muchas veces quedé solo en esa casa. De noche se solían oir ruidos inexplicables: alguien me explicó que eran las ánimas de los que habían sido felices en ese lugar, recorriéndolo de nuevo desde el más allá. Pienso que también deben haber sido los espíritus de los vivos que lo recordaban entre sueños, como yo ahora, pugnando por revivir, aunque sea en una ciudad lejana, una mínima porción del alma de ese tiempo.

Si es así, sólo espero que esos lebreles malditos aúllen en la noche, aterrados, mirando mi espectro. ¡Sá, perros!

Juan Manuel Aragón




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