12/04/2022

Opinión

OPINIÓN

Una especial clase de coleccionista que disgusta a todos

Por: Juan Manuel Aragón
Por Juan Manuel Aragón (Especial para El Diario 24)

El coleccionista, por definición, es alguien que acumula objetos que difícilmente podría disfrutar, mejor dicho, goza con su contemplación, el recuento que hace de ellos o su exhibición. Algunos acumulan cuadros, a otros se les da por figuritas, estampillas, soldaditos de plomo, autos, motocicletas, sombreros, jarras de cerveza, libros, en fin.

Hay casi tantos coleccionistas como objetos se hallan en el mundo. Ninguno es mejor ni peor. Hay quienes creen que el tiempo gastado en conseguir un mate de plata raro, está bien invertido pues así completarán los del siglo XIX.

Pero hay una clase extraña de coleccionistas, los que acumulan tanto dinero que, ni viviendo tres vidas les alcanzaría para gastarlo. El dinero es fungible, como lo saben ellos también. Un dólar equivale a otro dólar, un peso es lo mismo que otro peso. La moneda no es un objeto particularmente bello y, salvo que sean antiguos y hayan salido de circulación, no tendrán otro valor que el que figura escrito en sus esquinas.

El afán de riquezas es un fenómeno que a las almas simples se nos escapa del conocimiento. No nos entra en la cabeza por qué alguien quiere tener más dinero que el que gastará en toda su vida. Para qué tanto. Son casos patológicos, de tipos que una vez que empiezan a juntarla en pala, como se dice, no tienen cómo detenerse. Alguna tara los lleva a querer siempre más. Y un poquito más. Y más.

Muchos ni siquiera tienen una vida repleta de hedonismo y placeres vanos, perdonando el oxímoron, sino que, en su afán de seguirla juntando ni siquiera duermen en una cama decente, se alimentan con cualquier porquería, usan ropa gastada, no tienen amigos. Una sola idea los obsede, el acopio irracional de una riqueza que, además, en algunos casos provoca dolor en mucha gente.

Porque el afán de amontonar dinero no reconoce leyes, decretos o ilegales maneras de explotar al prójimo. Quien lo hace cree que esa gente, casi siempre sus propios empleados, merece ser azotada, pues carga la culpa de no haber sabido hacerse de plata.

Una crónica como esta podría seguir hasta el infinito. Pero, agregue usted el nombre de esa persona que conoce y que se dedica a esta malsana manía y reflexione sobre las vicisitudes de la propia existencia. No le daremos todo masticado. Filosofe un rato sobre por qué la acumulación enfermiza de bienes que no se usarán. Y luego continúe su camino. Un día sin un pensamiento inútil, son 24 horas tiradas a la basura, ¿no cree?

 





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