30/07/2022

Opinión

TRATA DE PERSONAS

Johana Ramallo: cinco años en búsqueda de verdad

Por Flavia Delmas, subsecretaria de Políticas contra las Violencias por Razones de Género de la provincia de Buenos Aires.

El 11 de julio leíamos la noticia de la prisión preventiva por "comercialización y distribución de estupefacientes y facilitación de la prostitución" de Carlos Rodríguez, alias "el Cabezón", reconocido proxeneta de la zona roja. La medida fue dictada por el juez federal Alejo Ramos Padilla. Es la primera detención producida en la causa en la que se investiga la desaparición, en contexto de trata para la explotación sexual y posterior femicidio de Johana Ramallo. Por primera vez, después de 5 años, un juez presenta una línea de investigación.

El 26 de julio de 2017 Johana no regresó a su casa. A partir de allí el derrotero de su búsqueda transitó por varias narrativas jurídicas. La primera, la más importante en plazos de búsqueda, en manos de la justicia penal de la provincia, a cargo de la fiscal Betina Lacki, quien consideró que Johana se había ido por propia voluntad y dejó la investigación en manos de la Dirección Distrital de Investigaciones, que sumó a las tareas de búsqueda a las policías involucradas por territorialidad, el destacamento Ponsatti de Berisso, donde fue radicada la denuncia, y la comisaría 9na.

La fiscal no aceptó el cambio de carátula pedido por la querella, eso motivó lo que derivó en la segunda etapa, tras el pedido del ingreso de la causa a la Justicia Federal como trata de personas, en el marco de la Ley Nacional 26.364. Fueron dos los jueces a cargo, primero fue el juez Ernesto Kreplak. En ese lapso, a través de un contacto con Rosa Bru, se pudo dar con un resto humano encontrado por un baqueano en la playa Palo Blanco de Berisso, más tarde se localizó otro resto. Cada uno de ellos fue a parar a diferentes fiscalías, la impericia llevó a que no se conservaran los restos y quedaran sólo los huesos para ser identificados. En 2019, el juez federal Adolfo Ziulu le informó a Marta Ramallo que los restos hallados pertenecían a Johana.

La vida de Johana fue difícil, conoció la intemperie y la violencia a muy temprana edad. Tuvo la gracia de tener una mamá persistente y resistente, que creció con ella. Johana sufrió una doble desaparición. La primera, social. La segunda, la desaparición de su cuerpo, más emparentada con las desapariciones durante la dictadura cívico-militar. Ambas ocurridas en gobiernos neoliberales.

Durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, se produjo un hito en las vidas de Marta y Johana, ingresaron al programa Ellas Hacen, dirigido a mujeres pobres en situación de violencia que sufrieron las consecuencias de la gran inundación del 2013 en la ciudad de La Plata. Durante ese año hasta el 2015, ambas comenzaron a construir sus casas en el marco del programa que las capacitó para tales fines, tenían un salario registrado, les proporcionaban un espacio de cuidado para sus hijas e hijos pequeños y les brindaban acompañamiento psicológico. Johana estudiaba para terminar la secundaria en el Fines, un programa para ese fin, podía proyectarse en un futuro, tenía planes.

En 2015, con Mauricio Macri y Eugenia Vidal, las trabajadoras del Ellas Hacen fueron retiradas del predio donde construían sus casas, muchas de ellas a punto de ser finalizadas para la entrega. Se desarmaron los equipos profesionales y las mujeres quedaron sin espacio laboral, percibiendo un salario social ahora con fines de capacitación. Se cambió el nombre del programa fusionándolo con otros dos.

En este marco es donde se puede ver cómo el sistema arrasa a las mujeres, como no es indiferente la existencia de las políticas públicas que significan, ni más ni menos, la diferencia entre un buen vivir y la precariedad de la vida.

En este contexto de pérdidas de derechos se produce lo que se traduce en una catástrofe, un sin sentido, la emergencia de un nuevo sentido que arrasa a Johana Ramallo como sujeta de derechos. El Estado vira el timón y vuelve al lugar político que la desgarra, que constriñe su posibilidad de igualar, para volverse trágicamente desigualador, potenciador de una violencia extrema.

Entre 2016 y 2017, Johana conoce a quien iba a hacer de novio suyo el tiempo suficiente como para introducirla en la prostitución, un personaje que la capta con dinero, drogas y la ilusión de una vida grandiosa. Comienza a transitar la zona prostituyente de la ciudad. Es allí donde las cámaras de una estación de servicio la registran por última vez.

La desaparición de Johana es parte de un orden dislocado, que deja al desnudo una de sus posibilidades letales. La desaparición se alimenta de la incertidumbre, aunque en este caso el cómo se ejecuta y quiénes lo hacen, aunque de manera difusa, se deja entrever desde el primer momento. Es a todas luces, una realidad disparatada.

Las desapariciones/apariciones producen un sentir ambivalente. En esta causa hubo aproximadamente 17 rastrillajes y allanamientos, en cada oportunidad la sensación fue encontrada, por un lado angustia, por otro lado largas horas de permanecer en los lugares entre varias haciendo "el aguante" (tomar mate, conversar, esperar) como si estuviésemos de reunión casual y ante la negativa de resultados, el alivio por la posibilidad de aún hallarla con vida, salvo en los últimos rastrillajes producidos en el monte donde se encontraron los primeros restos (una pierna y un brazo), en donde el resultado negativo dejaba otro tipo de alivio, el de no toparse de frente con la realidad del descuartizamiento materializado.

Dice Pilar Calveiro, refiriéndose a los crímenes de la dictadura, que "no solo se mata al otro, sino que se busca desaparecerlo de la faz de la tierra sin dejar rastros de su existencia". En el caso de Johana no tuvieron en cuenta lo que la memoria histórica nos ha enseñado, que el río devuelve los cuerpos, y que aún hay personas dispuestas a no descansar para conseguir la justicia tan anhelada.





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