03/09/2022

Opinión

OPINIÓN

Cristina: los principios y el valor

POR HERNANDO KLEIMANS

No, claro, no es la única mujer atacada por mantenerse firme en sus convicciones.

Micaela Bastidas, la esposa de Tupac Amaru e ideóloga de su lucha contra la dominación española, sufrió tormentos y una horrible muerte junto a su marido en 1781, por darlo “todo por mi patria , por la igualdad y por la libertad”, como exclamó en el cadalso de la plaza de armas del Cuzco. La soldadesca española terminó matándola a patadas.

A Juana Azurduy no la asesinaron, pero su vida se fue apagando en medio del silencio y la miseria hasta que el 25 de mayo de 1862 murió en una pieza alquilada en Chuquisaca, en soledad… Cuando algún allegado solicitó la realización de un funeral apropiado para una heroína de la independencia, se le contestó que no se haría nada porque… “estaban todos festejando la fecha patria”.

Rosa Luxemburgo fue brutalmente asesinada a mansalva en enero de 1919 en Berlín cuando dirigía, junto con Karl Liebknecht el movimiento revolucionario alemán que, inspirado por la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, buscaba el poder para los soviets. Ardiente defensora de los derechos de la mujer afirmó que ella “debe ganar terreno sólido en la vida política, a través de su actividad en todas las áreas; sólo de esta manera asegurarán una base para sus derechos”.

Zoia Kosmodemiánskaia tenía 18 años cuando los nazis atraparon a la joven guerrillera en una aldea cercana a Moscú, en 1941. En una congelada madrugada de noviembre, la ahorcaron luego de someterla a toda clase de tormentos. Peleando hasta en el cadalso con sus verdugos, les gritó a los aterrados pobladores que habían sido arreados para ver el castigo: “No tengo miedo de morir, camaradas. Es una felicidad morir por mi pueblo…”

Indira Priyadarshini Gandhi, la pertinaz y firme primer ministro hindú, hija y continuadora de la gesta liberadora de Jawaharlal Nehru, fue asesinada por sus propios custodios del ejército una mañana del 31 de octubre de 1984. No había alcanzado a culminar la obra de su padre, pero dejaba una India independiente, liberada del colonialismo inglés a costa de su propia vida.

No voy a continuar. Creo que no hace falta.

Lo de esta mujer tiene otras características. La persecución de que ha sido y es objeto ha sido y es feroz, soez, despiadada. Si en algo debe reflejarse el odio de la clase dominante sobre las grandes masas populares, ha sido y es en esa agresión constante a que ha sido sometida Cristina Fernández de Kirchner.

Por ser mujer, por ser peronista, por ser combativa e irreductible, por haber gobernado la Argentina durante ocho años de despegue económico y social. El odio en realidad es temor. El temor a que lo que representa Cristina vuelva a instaurarse en nuestra Patria. El gran temor a que de vuelta los “negros esos” se enseñoreen en la rambla marplatense o que los “villeros” de La Matanza vayan a la universidad. O a que, como dijo aquel desaforado joven del norte bonaerense, “no tenga dólares para veranear en Punta”…

¿Qué es lo que no le han hecho? El magnicidio no comenzó anoche. El magnicidio comenzó con las malevolencias seudomédicas del doctor Nelson Castro, con las acusaciones taimadas de Majul o con las furibundas tiradas de los mercenarios Leuco o Lanata, enojados porque Cristina no les financiaba sus aventuras periodísticas y no se sometía a sus chantajes mediáticos.

Con aquellas tapas escalofriantes y casi pornográficas de “Noticias”, que intentaban mostrarla como una auténtica “viuda negra”, casi lindante con el esoterismo y lo escatológico.

Con los arrebatos judiciales que buscaron por todas las formas y todos los medios y todos los testigos comprados, meterla presa, “a esa vieja yegua”…

Con esas manifestaciones histéricas que le presentaban guillotinas, cajones, bolsas de cadáveres y que chillaban por su muerte.

El magnicidio no es el intento de un imbécil neonazi, que ni siquiera sabe dónde está parado y que, por supuesto, ni siquiera debe saber quién fue Adolf Hitler y su banda criminal, por más tatuajes que se haya hecho.

Los ataques descontrolados contra sus hijos. Contra la enfermedad de Florencia. Contra la acción política de Máximo. Contra sus viajes a Cuba para ver a Florencia. Contra su protección sobre Máximo.

¿Alguien recuerda que le rompieron este mismo departamento de barrio norte en busca de pruebas de su corrupción? ¿Alguien recuerda que hicieron lo mismo con su casa en Calafate? ¿Alguien se ha hecho responsable por el robo de obras de arte , cosas personales y objetos de valor en esos allanamientos?

¿Qué será lo que no se aguantó esta estoica mujer? Todavía la estoy viendo parada horas delante del féretro de su esposo, con aquella pose tan clásica de las dolorosas españolas que tantas veces la vi en mi abuela María y en mi tía Antonia. ¡Ni siquiera allí la dejaron en paz, en una respetuosa paz! ¡Hasta impusieron la sospecha de que el féretro estaba vacío!

Ahora, este intento de asesinato, ridículo, incoherente, deja como principal observación varias cosas:

1) La asombrosa indefensión de custodia que tiene una vicepresidente de la nación.

2) La asombrosa impunidad de un asesino que, sin duda, es la punta de una conspiración.

3) La asombrosa ineptitud de los organismos del estado que deben velar por la seguridad de los dirigentes de este.

4) La asombrosa desfachatez y falsía con que estos esbirros periodísticos del verdadero poder se ensañan groseramente con una representante popular.

5) La asombrosa reacción popular que estalló en torno a la entrañable figura de su líder.


Con aquellas tapas escalofriantes y casi pornográficas de “Noticias”, que intentaban mostrarla como una auténtica “viuda negra”, casi lindante con el esoterismo y lo escatológico.

Con los arrebatos judiciales que buscaron por todas las formas y todos los medios y todos los testigos comprados, meterla presa, “a esa vieja yegua”…

Con esas manifestaciones histéricas que le presentaban guillotinas, cajones, bolsas de cadáveres y que chillaban por su muerte.

El magnicidio no es el intento de un imbécil neonazi, que ni siquiera sabe dónde está parado y que, por supuesto, ni siquiera debe saber quién fue Adolf Hitler y su banda criminal, por más tatuajes que se haya hecho.

Los ataques descontrolados contra sus hijos. Contra la enfermedad de Florencia. Contra la acción política de Máximo. Contra sus viajes a Cuba para ver a Florencia. Contra su protección sobre Máximo.

¿Alguien recuerda que le rompieron este mismo departamento de barrio norte en busca de pruebas de su corrupción? ¿Alguien recuerda que hicieron lo mismo con su casa en Calafate? ¿Alguien se ha hecho responsable por el robo de obras de arte , cosas personales y objetos de valor en esos allanamientos?

¿Qué será lo que no se aguantó esta estoica mujer? Todavía la estoy viendo parada horas delante del féretro de su esposo, con aquella pose tan clásica de las dolorosas españolas que tantas veces la vi en mi abuela María y en mi tía Antonia. ¡Ni siquiera allí la dejaron en paz, en una respetuosa paz! ¡Hasta impusieron la sospecha de que el féretro estaba vacío!

Ahora, este intento de asesinato, ridículo, incoherente, deja como principal observación varias cosas:

1) La asombrosa indefensión de custodia que tiene una vicepresidente de la nación.

2) La asombrosa impunidad de un asesino que, sin duda, es la punta de una conspiración.

3) La asombrosa ineptitud de los organismos del estado que deben velar por la seguridad de los dirigentes de este.

4) La asombrosa desfachatez y falsía con que estos esbirros periodísticos del verdadero poder se ensañan groseramente con una representante popular.

5) La asombrosa reacción popular que estalló en torno a la entrañable figura de su líder.

¿Qué es lo que no le han hecho? El magnicidio no comenzó anoche. El magnicidio comenzó con las malevolencias seudomédicas del doctor Nelson Castro, con las acusaciones taimadas de Majul o con las furibundas tiradas de los mercenarios Leuco o Lanata, enojados porque Cristina no les financiaba sus aventuras periodísticas y no se sometía a sus chantajes mediáticos.

Con aquellas tapas escalofriantes y casi pornográficas de “Noticias”, que intentaban mostrarla como una auténtica “viuda negra”, casi lindante con el esoterismo y lo escatológico.

Con los arrebatos judiciales que buscaron por todas las formas y todos los medios y todos los testigos comprados, meterla presa, “a esa vieja yegua”…

Con esas manifestaciones histéricas que le presentaban guillotinas, cajones, bolsas de cadáveres y que chillaban por su muerte.

El magnicidio no es el intento de un imbécil neonazi, que ni siquiera sabe dónde está parado y que, por supuesto, ni siquiera debe saber quién fue Adolf Hitler y su banda criminal, por más tatuajes que se haya hecho.

Los ataques descontrolados contra sus hijos. Contra la enfermedad de Florencia. Contra la acción política de Máximo. Contra sus viajes a Cuba para ver a Florencia. Contra su protección sobre Máximo.

¿Alguien recuerda que le rompieron este mismo departamento de barrio norte en busca de pruebas de su corrupción? ¿Alguien recuerda que hicieron lo mismo con su casa en Calafate? ¿Alguien se ha hecho responsable por el robo de obras de arte , cosas personales y objetos de valor en esos allanamientos?

¿Qué será lo que no se aguantó esta estoica mujer? Todavía la estoy viendo parada horas delante del féretro de su esposo, con aquella pose tan clásica de las dolorosas españolas que tantas veces la vi en mi abuela María y en mi tía Antonia. ¡Ni siquiera allí la dejaron en paz, en una respetuosa paz! ¡Hasta impusieron la sospecha de que el féretro estaba vacío!

Ahora, este intento de asesinato, ridículo, incoherente, deja como principal observación varias cosas:

1) La asombrosa indefensión de custodia que tiene una vicepresidente de la nación.

2) La asombrosa impunidad de un asesino que, sin duda, es la punta de una conspiración.

3) La asombrosa ineptitud de los organismos del estado que deben velar por la seguridad de los dirigentes de este.

4) La asombrosa desfachatez y falsía con que estos esbirros periodísticos del verdadero poder se ensañan groseramente con una representante popular.

5) La asombrosa reacción popular que estalló en torno a la entrañable figura de su líder.




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