05/11/2022

Opinión

OPINIÓN

No es gracioso

Por Alejandro Kaufman para Página 12

Si en el Congreso se dirimieran asuntos de la agenda parlamentaria a los dados, si lo cuestionáramos, ¿dirían que no apreciamos lo lúdico, que denostamos un juego, que vulneramos la libertad de dirimir diferencias con un método probado desde hace milenios, muy práctico para tal fin? De hecho algo parecido ya viene sucediendo y el silencio generalizado, el consentimiento tácito porque se recurra a métodos de azar en la política parece no conmover.

Digamos aquí y ahora una vez más que debatir sobre entretenimientos y juegos de la índole que sea es delimitable y pertinente, tan viejo como las propias prácticas respectivas. Desde tiempos antiguos pasaron por ser promovidos, por dirimir toda clase de diferencias y conflictos así como fueron objeto de debates, aprobaciones y rechazos. En nuestra específica condición espectacular argentina, tan proclive desde por lo menos la dictadura de Videla a subsumir los asuntos públicos y la política al orden del entretenimiento mediático, resulta necesario discutir la relación abusiva, desmesurada, así como captora de fascinaciones masivas entre TV y política, dicho de modo escueto.

El maridaje entre TV y política en sus aspectos más espectaculares, en los que inequívocamente se somete a la palabra pública política a irrisión y descalificación sistemáticas y planeadas es una de las condiciones genealógicas del auge de las ultraderechas, emergentes ahora de modo notorio, pero desde hace muchos años latentes bajo el camuflaje de una supuesta libertad de expresión boba. El problema abarca también a cohortes procedentes de las audiencias y del campo profesional mediático que reaccionan con gran intensidad cada vez que se da la ocasión de discutir los efectos catastróficos que sobre la palabra pública trae someterla a tales juegos circenses.

El estrago sobre la vida en común que resulta de esta metodología deliberadamente practicada por quienes se benefician de ella hace tiempo que se ha constituido en discurso hegemónico y naturalizado. Cada vez que hay un evento conflictivo entre vida pública y prácticas espectaculares de irrisión se levantan voces masivas en estado de pánico moral por la censura y en defensa de la libertad de expresión. Despreocupadas por muchísimas otras instancias en que sería necesario intervenir en defensa de la libertad de expresión, estas voces, por diversas razones --las audiencias por goce fascinado recurrente, otras voces por sesgo de intereses corporativos o ideológicos-- se manifiestan como si estuvieran defendiendo una causa justa. Una que tanto carece de todo valor en ese sentido que el día en que veamos un movimiento social de protesta legítima porque hayan levantado o restringido uno de esos tanques lo deberemos repensar todo. Pero no sucederá, serán las ultraderechas quienes protesten así. Ya lo están haciendo, sin perjuicio de quienes del otro lado se extravían en la confusión.

Ya era discutible que la disposición irónica de una de las distopías totalitarias más perturbadoras, 1984, fuera vector de la licuación mediática de las subjetividades en épocas más ambiguas que la nuestra. Ahora, cuando el malestar en la cultura se encuentra saliendo del cataclismo pandémico, mientras se enumeran calamidades, ante el ascenso de neofascismos y ultraderechas, mientras hay un reality show generalizado en los medios llamado atentado (que sustituye, o lo intenta, al verdadero atentado), ahora, cuando un casting se hace con el propósito solapado de avanzar en la irrisión y la difamación de la palabra pública, ahora, ya no es gracioso. Nunca lo fue, ahora, menos, ahora es una desgracia para quien quiera oír.




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