22/12/2022

Opinión

OPINIÓN

Lo que vale un Perú

Por Eric Calcagno.

A principios del siglo XVII, Francisco de Quevedo escribió que el oro «Nace en las Indias honrado / Donde el mundo le acompaña». Es un texto conocido como «Poderoso Caballero es Don Dinero». No es la intención relatar el genocidio cometido por Europa con los pueblos de lo que llamó América, ni la destrucción de civilizaciones. Y durante varios siglos.

Lo interesante es la construcción de administraciones y sociedades sobre la base de un sistema de explotación de recursos naturales, para lo cual fue necesario explotar seres humanos en cantidades millonarias, a veces exterminados como los naturales del país en las minas del Potosí y demás, o importados como los esclavos africanos para la caña, el café, el algodón. Una inserción exitosa de la región en el mundo, dirían algunos, aunque no las víctimas.

Pasó la modernidad, que comenzó con las independencias el siglo XIX y con el tiempo supuso una industrialización desigual, proyectos nacionales más o menos formalizados, una era de la democracia de masas (qué contempló al socialismo) durante el siglo XX. Las dictaduras pro-occidentales impusieron la disyuntiva este-oeste en lugar del problema norte-sur. Luego, el endeudamiento externo permitió controlar las economías de democracias formales.

El multilateralismo encabezado por China, India, Rusia, entre otros, así como el conflicto en Ucrania, amenaza el orden unipolar estadounidense. Con Europa reducida a su destino de península, la apropiación de nuevos recursos naturales, expresados en el extractivismo minero con el litio (entre otros), el manejo del agua y de los ríos, además del agronegocio –hecho de deforestación y glifosato– precisa de administraciones y sociedades aptas para viabilizar la reprimarización económica y mantener el derecho de propiedad de monopolios extranjeros. 

Es con esa perspectiva que debemos analizar, por ejemplo, el golpe contra Evo Morales en 2019, festejado por Elon Musk. El mismo prisma sirve para la destitución de Castillo en Perú. Por cierto, el maestro rural hijo de familia numerosa, con padres analfabetos, sindicalista de la educación, logró ganar gracias al voto de la izquierda y el voto anti-Keiko, más de derecha. No supo conducir esas diferencias; careció de partido organizado; no tuvo tiempo ni oportunidad de gestión. Lo que sí tuvo Evo. Eso sí, la mención programática de reforma agraria y reforma constitucional bastaba para que sea detestado por las élites. ¿Alguien dijo «Comando Sur»?

Es que la constitución de Fujimori de 1993 «bajó el gasto político», con la creación de un sistema unicameral ahora de 130 diputados, cuyas potestades le permiten desechar ministros del ejecutivo o desbancar presidentes por inhabilidad moral. La pérdida de representación popular no es gratuita: para ese sistema es necesaria. Bastaron algunas sospechas de corruptelas, amplificadas por los medios hegemónicos, la acusación de asociación ilícita fundamentada por jueces de clase, para que el tercer intento de destitución parlamentaria tuviese como respuesta el discurso de Castillo llamando a nuevas elecciones de diputados con capacidades constituyentes. No resultó: está preso. El oro, nos dice Quevedo «Pues que da y quita el decoro / Y quebranta cualquier fuero».

Juramentada como la Jeanine Añez boliviana, Dina Boluarte es ahora presidenta del Perú. Ha decretado el estado de sitio por treinta días, con policía y ejército en las calles, y los consiguientes muertos. Castillo dice que está preso; cuenta con el apoyo popular que converge hacia Lima, en una defensa identitaria en cuanto a su origen humilde y simbólica en cuanto a las posibilidades latentes. Como en otros países donde el pacto social está roto, la conformación de un nuevo acuerdo requerirá de mayorías electorales consistentes, so pena de caer en ese modelo de agronegocios, extractivista, colonial que jamás puede ser un proyecto nacional pero, como dice Quevedo, «Y pues al pobre le entierra / Y hace propio al forastero».




Recomienda esta nota: