02/01/2023

Opinión

OPINIÓN

Lula, un gran amigo aquí al lado

Por Martín Granovsky para Página|12.

La Argentina tiene, otra vez, un gran amigo aquí al lado. Caso  notable el de Lula. Es el único dirigente de masas en el mundo que fue  líder popular en el siglo XX y sigue siéndolo en el siglo XXI. Lo  graficó él mismo cuando, durante su asunción en el Congreso, contó por  qué usaba esa lapicera blanca que tenía en la mano. “Me la regaló un  votante en 1989, cuando fui candidato por primera vez. Perdí. Volví a  perder en 1994 y 1998. Después, en 2002, gané. Ahora recuperé la  lapicera y la voy a usar hoy”.

En 1989 Lula llevaba ya nueve años  como presidente del Partido de los Trabajadores, fundado en 1980, y aún  más tiempo como presidente del Sindicato de los Metalúrgicos, desde  donde despertó un nivel de atención universal. Incluso se fijó en él ese  curioso profesional que fue el historiador Eric Hobsbawm, siempre  presto a registrar la más mínima novedad en el movimiento obrero de  donde fuere. Y después, a partir del 1 de enero de 2003, Lula fue dos  veces presidente y máxima referencia del PT. 

En  ese trayecto de Lula presidente (y en parte con Dilma Rousseff hasta  que, en su segundo mandato, truncado por el golpe de 2016, eligió el  camino de la ortodoxia) más de 30 millones de brasileñas y brasileños se  hicieron ciudadanos con derechos sociales plenos. Como el ciclo lulista  no pudo completarse, diría su ex vocero el politólogo André Singer,  Lula repitió su consigna de hace 20 años: peleará otra vez para que los  brasileños coman tres veces por día. Lo hará en un país desigual donde,  como les dijo a las 300 mil personas que se concentraron en Brasilia, el  5 por ciento detenta el mismo ingreso del 95 por ciento restante y 6  multimillonarios tienen el mismo patrimonio que 100 millones de  brasileños juntos.

Al amigo de al lado le bastó una breve mención  para definir su política exterior. “Vamos a recuperar la integración  sudamericana a partir de fortalecer el Mercosur y reconstruir Unasur”,  dijo. “Vamos a desplegar una política activa y altiva con todos los  países”, agregó, y nombró entre otros a los Estados Unidos y China.  “Activa y altiva” son los dos adjetivos que acuñó su primer canciller,  Celso Amorim, en 2003. Lula también se comprometió a luchar por la paz,  en sintonía con uno de sus últimos tuits, donde reveló que habló de la  necesidad de terminar con la guerra con la representante rusa que  asistió a la asunción. Dijo que “terminar con las guerras, con la  desigualdad en el mundo y con el extremismo autoritario es un desafío  civilizatorio”. Y antes de asumir ya había anunciado la normalización  con la Venezuela de Nicolás Maduro. Sin sanciones ni bloqueos. 

En  clave de política argentina, está claro que Lula no provoca fisuras en  el agrietado Frente de Todos. Más bien al contrario. Son fluidas sus  relaciones con Cristina Fernández de Kirchner. CFK no solo lo quiere  sino que lo respeta. Son cariñosos sus vínculos con el Presidente  Alberto Fernández, quien jugó fuerte por él desde que fue a visitarlo  cuando aún estaba preso, una iniciativa de política exterior tan  taxativa como el respaldo y el cobijo a Evo Morales. Hasta Sergio Massa  se integró al romance con Lula cuando hace unos días viajó junto con su  asesor diplomático Gustavo Martínez Pandiani a reunirse con el ya  designado ministro de Hacienda Fernando Haddad.

La palabra  “Argentina” no apareció en el discurso, pero un signo a tener en cuenta  es la designación como canciller de Mauro Vieira, un diplomático de  carrera que entre 2004 y 2010 fue embajador en Buenos Aires. Movedizo,  Vieira conoce al detalle la política argentina. En esos seis años, que  son una duración infrecuente, frecuentó a cuanto dirigente y cuanto  funcionario estuviera a mano. Saber de mañas ya es útil. Saber de  mañosos, un plus.

Hombre de confianza de Amorim, el nuevo  canciller siguió al pie de la letra la estrategia del entonces ministro  de Relaciones Exteriores, del propio Lula y del consejero de asuntos  internacionales, Marco Aurélio García. El criterio era que el primer  anillo de alianzas de Brasil empieza por la Argentina y por el Mercosur.  

Los desafíos externos son diferentes que los de hace 20 años. En  ese momento Brasil y la Argentina peleaban un lugar en la  diversificación comercial creciente dada por una China emergente como  jugador planetario de primer orden. Por eso Lula y Néstor Kirchner  coincidieron en maniatar primero la negociación con Washington para  formar un Área de Libre Comercio de las Américas y ponerle bolilla negra  en la cumbre de Mar del Plata de 2005. Hoy la Argentina tiene balanza  deficitaria con Brasil pero a la vez Brasil es el principal destino de  las exportaciones industriales argentinas. Y los dos países, cada cual  con su grado de importancia mundial, que dista de ser parecida, se  enfrentan a desafíos que para ambos son simultáneos:

*Cómo  mantener las nuevas relaciones con China y evitar tanto el déficit  comercial como el estímulo a la primarización de las exportaciones.

*Cómo  consolidar relaciones con los Estados Unidos sin caer en el  alineamiento automático. Relaciones que la Argentina ha buscado aceitar  como sustento para la negociación con el FMI y que el Brasil de Lula  buscará mejorar porque no tiene una buena experiencia: poco antes del  golpe, Dilma Rousseff suspendió una visita de Estado tras descubrir el  espionaje externo sobre ella, sobre su asesor Marco Aurélio y sobre  Petrobrás.

*Cómo avanzar en un Mercosur que el esfuerzo argentino,  y luego una conducción profesional en Itamaraty después del  desplazamiento de un canciller fascista como Ernesto Araújo, lograron  preservar en estos años pese a la presión librecambista de rentistas  brasileños y macristas argentinos.

Quien haya escuchado entero el discurso de Lula (si no, hacer click acá)  habrá percibido las líneas maestras del plan: justicia social,  crecimiento sin falsas contradicciones entre mayor consumo interno y más  exportaciones, unión contra la desigualdad extrema, desarrollo  industrial y desmonte de las estructuras fascistas en el Estado y en las  conciencias.


Hubo diagnóstico, táctica, amplitud de alianzas, estrategia y  candidato. Y una definición de fondo: “No sería justo ni correcto  pedirle paciencia al que tiene hambre”.

Parece ingenuo pensar en  un efecto dominó automático por el que, si Lula ganó y pudo asumir,  ocurrirá inevitablemente lo mismo con el Frente de Todos en octubre y  diciembre. Pero, al menos entre peronistas, kirchneristas y aliados no  peronistas del FdT, claramente el 2023 arrancó con un sentimiento  compartido: la alegría no es solo brasileña.




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