29/06/2021

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La última sangría de diciembre con el Sapo Gerez

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Juan Manuel Aragón tomando la última sangría de diciembre con el Sapo Gerez

Las palomas no se animaban a volar ese mediodía del veintipico de diciembre, temerosas de crepar calcinadas por el infierno de calor, cuando el Sapo Gerez me invitó una sangría en el Barquito Bar, frente a la plaza Libertad, Santiago del Estero. Faltaban horas para la Navidad o el año Nuevo, no recuerdo, no importa.

La fuente de los italianos ofrecía una ilusión de frescura bajo un sol empeñado en seguir encendido, apartando del cielo toda nube, cualquier atisbo de frescura. Al poco tiempo desapareció de los lugares que solía frecuentar porque se murió, pobre Sapo. El reloj de los rotarios seguía parado en las 4 y pico, dando la hora perfecta dos veces al día.

Alguna gente hablaba mal de él, se decían barbaridades, pero tomé la precaución de olvidarlas antes de que me carcomieran el cerebro. Nunca me hizo daño. Dios, en su infinita misericordia, seguramente le perdonó sus deudas, si las tenía, como hará algún día conmigo, si le rezo con fe y abandono mi descreimiento.

Como digo, era cerca de las doce,de un tiempo suspendido en el espacio, un diciembre que sigue queriendo irse para siempre. La plaza Libertad rezumaba fuego por los cuatro costados, el Barquito naufragaba por enésima vez en el año, el unánime coyuyal del parque Aguirre tenía suspendidas las funciones a la espera del aire acondicionado y la jarra agonizaba con un sudor frío corriéndole por la garganta, llegándole a la panza en gruesos goterones.

Alrededor, la vida corría a toda velocidad. Y nosotros bebíamos sangría sin saber que, en ese mundo mágico, dos amigos conversaban por última vez.

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