25/02/2020

Opinión

Confieso que extraño la Cuaresma de antes

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24, de San Miguel de Truculandia)
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Confieso que extraño la Cuaresma de antes

Mañana, miércoles de Ceniza, comienza la cuaresma. Era un tiempo que casi siempre coincidía con el comienzo de las clases. Mi madre decía que había que hacer un sacrificio diario y los viernes, ayuno y abstinencia, que básicamente era comer menos, cualquier cosa que no sea carne. Sólo se permitía el pescado. Guay  del que se quejara porque  las milanesas de merluza parecían de cartón, era el sacrificio que había que hacer en preparación para la Pascua.

Apagábamos la radio que, de todas maneras, durante los cuarenta y cuatro días que dura la Cuaresma, sólo pasaba música sacra, pero sacra—sacra y no Ray Coniff o algo embolante, como después. De la televisión ni hablar, no existía. Si nos invitaban a un cumpleaños, íbamos pero un ratito para cumplir nomás. Podíamos jugar, pero nada de andar a los gritos ni loquear. Mi mamá se fijaba si había música fuerte  y nos iba a buscar antes,  porque seguramente esos no creían, no debían ser tan buena gente.

Para  Pascua, a veces íbamos a la casa de mi abuelo, en el  campo. El Viernes Santo, un tío caía con los amigos y un montón de asado. Nos toreaba a  los hermanos:

—¡Vení!, ¡comé un poquito!, qué te va a hacer. No creas en esas macanas. Está rico.

Nunca, ninguno de los hermanos le aflojó un tranco de pollo. Decíamos que sí, que seguramente estaba rico, pero no comíamos carne. De la cocina del fuego venía un humo delicioso de las costillas asadas, el chorizo, los crujientes chinchulines, mientras nosotros tomábamos sopa de verduras o comíamos una humita que podía ser rica, sí, pero nunca como los asados aquellos, maravillosos, surtidos, bien hechos.  Uno de nosotros quiso averiguar si se podía comer carne después de la medianoche, la mirada de mi madre lo fulminó. ¿Cómo se te ocurre hacer esa pregunta? No hubo más que hablar.

Para el tiempo de la Pascua ya estaba fresco el tiempo, no como ahora que recién se está comenzando a enfriar un poco el aire. Ese Viernes Santo no había que usar cuchillos y, de ser posible teníamos que andar callados, reflexionando  sobre la muerte en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

En esos tiempos, sea o no cuaresma, solíamos rezar el Rosario en familia.

De chico alcancé a ver las hornacinas de los santos cubiertas de una tela morada, en el templo de Ledesma, Jujuy, donde vivíamos entonces.  Creo recordar que la casulla que se ponía el cura en la misa también era morada.

Confieso que algunas veces no hacía ningún sacrificio, más que nada porque además de la comida, no sabía en qué podía mortificarme para tratar de parecerme, aunque fuera de lejos, a Nuestro Señor. En el examen de conciencia que hacía antes de cada confesión, anotaba el detalle; ahora sé por qué el cura se sonreía un poco cuando se lo decía. En ese entonces me parecía que había  hecho algo terrible. Hoy me preguntarían de qué planeta vengo.

Poco después el mundo cambió. Según dicen, nos liberamos de las ataduras del pasado. Corrían nuevos tiempos y el Carnaval se festejaba hasta mucho después del Miércoles de Cenizas sin  que nadie se escandalizara. Hace unos años unos curas aplaudieron el paso de las chicas semi desnudas, en un corso de carnaval, en plena cuaresma y me cayó mal, qué quiere que le diga, pero eran jóvenes, los disculpé mentalmente. Desaparecieron las telas moradas de los templos y el velo que usaban las mujeres para ir a misa desde tiempos de San Pablo, se apolilla en algún cajón del ropero que nunca se abre.

Todo se hizo como más descontracturado, onda moderna, ¿viste? Dejamos de cantar lo que siempre habíamos cantado en las iglesias y le dieron más ritmo, guitarras ¡y panderetas!, instrumentos prohibidos en la Iglesia Católica de antes. Pero ya no me ocupé de aprenderlas porque en cada parroquia cantan distintas canciones, todas pegadizas, con música para bobos y letras que rozan la herejía, disculpe que se lo diga así. Hasta le meten música de boliches, para peor son los lentos que se bailaban hace unos años, esos de chapar bien agarraditos, en una sola baldosa.

Confieso que extraño la Cuaresma de antes. Ya sé lo que van a decir, que la viva como quiera, total nadie me ataja. El asunto es que hoy día es muy difícil hallar templos con púlpito, imágenes tapadas, radios con música sacra y, obviamente, curas que crean en Dios.

©Juan Manuel Aragón

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