06/12/2020

Opinión

La sandía es una nostalgia repetida todos los años

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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La sandía es una nostalgia repetida todos los años

Un punto fundamental de unas hipotéticas instrucciones para comer una sandía, debería ser “esperar que estén baratas para comprar la primera del año”. Porque, maravillas de la globalización, en pleno invierno se consiguen en los supermercados, pero caras, capaz que las llevan de vuelta sin venderlas. Y no están los tiempos como para andar gastando sin ton ni son.

Para Jorge Luis Borges la lluvia siempre sucede en el pasado. La sandía, en cambio vuelve a ocurrir todos los años, más o menos en este tiempo, pero en un escondite del corazón, llamado nostalgia.

Se recomienda comerla a la siesta, rodeado del chicaje de la casa. Uno, como gente mayor, deberá encargarse de cortarla en tajadas, tomando para sí la más grande. Este punto es delicado, oiga. Si alguno de sus hijos, sobrinos, amiguitos o allegados, llegara a protestar pues usted se quedó con el bocado del león, pasarán dos cosas a), la siesta terminará del todo mal o b), su autoridad habrá sido pisoteada de forma irremediable. La chamuchina siempre debe ser dominada con un leve movimiento de cejas, de otra manera ni ellos son soldados rasos sin voz ni voto ni usted tiene autoridad suficiente para imponerse. Pegue el grito: “¡Quién es el que ha dicho eso!”. Y luego, si ninguno dice nada y todos siguen quietos y calladitos, continúe con la repartija.

No hay un utensilio indicado en el protocolo casero para enfrentar este manjar: valen tanto la cuchara como el cuchillo o directamente encararla tomándola con las dos manos y hundiendo la cara en su prístino sabor. Si no se ha puesto un plato, las semillas deben ser escupidas lo más lejos posible, en un patio de los de antes. Esta es una fruta para comer a la sombra de las cañas huecas, del paraíso o del algarrobo, si hubiera, hubiese o hubiere.

Una vez anduvo por el pago uno que comía la sandía con cuchillo y tenedor, fue gracioso: todavía lo recordamos cuando nos reunimos. Ese día anduvimos frunciendo para no largarnos a reir a las carcajadas.

Debería haber una palabra para nombrar el silencio que se produce en medio de una comilona de sandía, todos concentrados en detectar la próxima semilla, pensando en asuntos agradables, como el baile del próximo fin de semana o recordando el primer beso a una novia, allá lejos y hace tiempo, cuando el mundo andaba en bombachita de goma. Esa palabra también debería incluir un leve regusto amargo al final, como la parte blanca de la sandía, es momento de percatarse de que ese estado de cosas no durará para siempre.

En mitad de la tenida, cierre los ojos con fuerza, recuerde el canto de los pájaros de ese instante, las catitas pasando raudas, el viento norte levantando remolinos cerca de la represa, una vaca mugiendo el corral. Sienta de cerca las voces amadas, esas que creía ocultas para siempre en algún pliegue de la memoria, oiga cantar el viento desde los eucaliptos lejanos al calicanto pasando el galpón del sulky. Ábralos de repente y encandílese con la refulgente luz de la cálida tarde santiagueña.

Juan Manuel Aragón                   

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