18/06/2011

Tucumán

Su vida iluminó el texto: García Hamilton in Memoriam

“José Ignacio me enseño aprovechar cada minuto de la vida como si fuera el último”. A dos años del fallecimiento del destacado historiador. Por José Guillermo Godoy.

Conocí a José Ignacio en un caluroso anochecer santiagueño. Yo era uno de sus tantos seguidores anónimos que no quería perder la oportunidad de conocerlo en persona y la ocasión era un seminario sobre el caudillismo en la UCSE. Corría el año 2004.

Al finalizar la disertación, el destino me dio la valentía para suprimir la timidez y el nerviosismo. Me acerqué a hablarle, con entrecortada voz, y a partir de allí de alguna manera, cambio parte de mi vida.

Su amistad dio sentido a los días vacíos de la universidad normal. Los intercambios y las discusiones epistolares fueron una particular manera de estar junto a él.

En un hombre de pensamiento como José Ignacio, es ese pensamiento la materia más importante para la reflexión y el análisis, pero no por ello hay que dejar de mencionar  su historia de vida, de la que soy conocedor, tanto por sus propios relatos como por las anécdotas de su amigo el Dr. Hernán Frías Silva, a quien tengo el gusto de acompañar en la cátedra de historia, gracias a la recomendación que me diera el propio José Ignacio.

Su vida ilumino el texto. Puede pensarse inclusive que su vida y su texto no son sino una unidad, artificialmente dividida por algunas concepciones estéticas y disciplinarias. Su vida configura un texto susceptible de ser examinado. Y si la vida está dotada de una “textualidad” que le es propia, ¿qué clase de relación tendrá ella con lo que es, en sentido estricto, texto o discurso? Su vida fue una lucha por espacios de libertad. Al decir de Richard de Montaigne, él mismo era el tema de sus libros.

¿Es un ensayista? ¿Es un político? ¿Es un periodista? Parece ser todas esas cosas a un tiempo, y no es del todo ninguna de ellas con exclusividad. Quizá sólo el carácter de escritor que reflexiona, tal como definimos en la Argentina a ese oficio, que no consiste en la mera redacción de libros, sea el que define, en parte, a este pensador curioso y audaz, que reformula y amplía la principal veta temática de sus trabajos. Se aparta deliberadamente de los cánones del mundo académico, que según él son demasiados “pulcros”, con el sentido que otorga a esta palabra. José Ignacio, no fue un académico convencional y en algún momento escribió un artículo sobre esto. (Un intelectual contra la tendencia a caer).

Fue el último de los especimenes del político- intelectual. Con su extraordinaria capacidad superó la disyuntiva del intelectual y el hombre de acción.

Vista desde lejos, su obra posee la coherencia interna de los edificios que construye un teórico. José Ignacio concibió una tarea desmesurada, como es la de interpretar a Argentina. Para ello decidió, de una manera cartesiana, construir las herramientas que debían permitirle esa interpretación, pues uno de los supuestos de los que partió es que las interpretaciones vigentes negaban y ocultaban las verdaderas causas de la decadencia nacional.

La dialéctica novela- ensayo, tiene un sentido. En sus novelas, no solo saca a relucir la ineludible faceta de aquellos próceres que recubrieron nuestra juventud de sueños virtuosos e idealistas: la humanidad y sus necesarias limitaciones, sino sobre todo desmitifica el mito y crea las bases para la descripción de lo que él llamó las , (North dixit). Por esta vía ha rastreado en la historia de Latinoamérica los elementos que configuraron el absolutismo político, el militarismo, el incumplimiento de la ley, el estatismo económico y el fanatismo religioso. En los ensayos desarrolla de forma expresa su tesis que da sentido a toda su obra, sin dejar de lado el apasionante debate ideológico.

En ese sentido, Por que crecen los países, aunque sin ser su mejor trabajo, es el que resume con mayor claridad su tesis y es en donde aborda el debate ideológico. En la misma describe como las (North dixit), que en la Argentina a partir de 1908 se formaron con los modelos del “militar que muere pobre”, “el gaucho pobre que se hizo violento”, “la victima” y “la Dama Buena que Regala lo Ajeno,” reemplazaron a la , la Constitución de 1853, que buscaba un hombre de paz y trabajo.

Los cuatro paradigmas que estudia glorifican valores contrarios a nuestra Constitución. Concluye que tenemos una que intenta limitar a los gobiernos y santificar las leyes, pero educamos con unas creencias que son contrarias a aquellos valores. Borges dijo que el “canto a la ruptura de las leyes y la exaltación de la marginalidad se constituyeron en la epopeya nacional” (en referencia a Martín Fierro). Y así también en los casos de los otros dos arquetipos.

Debo reconocer que no conozco ningún autor contemporáneo que haya tratado este tema en esta forma y haya dado una explicación de la declinación argentina por esta vía de las causas culturales.

De alguna manera Sarmiento en el Facundo, intento explicar la dictadura rosista a través de la existencia de personajes de la pampa como el “gaucho malo”, “el rastreador y el baqueano”, mientras que en Por que crecen los países, José Ignacio trata de explicar la declinación argentina por medio de los modelos o paradigmas del “militar que muere pobre”, el “gaucho pobre que se hace violento”, la “victima”  o “la dama buena que regala lo ajeno”.

En el debate ideológico, siguiendo la tradición austriaca compara estructuralmente el fascismo con la izquierda. Contrasta, sin citarlo, con José Pablo Feinmann, quien siguiendo la tradición marxista ,  considera al fascismo/nazismo, como una fase del capitalismo. En este sentido, con interesantes argumentos comparativos de ambos modelos, aunque no de forma expresa, José Ignacio demuestra la relativa autonomía de lo político, la inter-relación dialéctica entre lo económico y lo política.  Aquí gana el maestro tucumano.

Recuerdo todo esto en homenaje a los innumerables intercambios epistolares, y los enormes comentarios unilaterales y criticas, que le he proporcionado a lo largo de nuestra relación. Suele suceder, que una personas con ciertas pretensiones intelectuales mantenga una relación ambigua con respecto a su maestro: no lo puede desacreditar, por sus dotes académicos inferiores al maestro o porque se beneficia con su prestigio, pero al mismo tiempo, para probar la originalidad propia, debe transformar al antecesor en una etapa a superar, en un logro solo parcial que es preciso corregir, completar y aun modificar sustancialmente. Por ahora solo he podido re-analizar sus erudiciones.

Pero la mayor enseñanza que nos pudo dejar a los tantos jóvenes que trabajamos junto él, se encuentra en un terreno más trascendental que el intelectual.

Quizás estos 10 últimos años, que paradójicamente coinciden con lo de su esplendor académico, la muerte fue parte de su vida y acaso esto lo haya hecho más especial. Él era una fuente inagotable de vitalidad y generosidad, que hacia  imposible imaginárselo en un estado distinto.

José Ignacio, con su accionar,  me enseñó que tener insobornable conciencia de nuestro destino mortal no significa sumirnos en la angustia y el terror continuo. Muy por el contrario. Nos permite una vida plena y fluida, pues al no saber en qué momento ha de llegarnos el momento último, por un lado minimizamos nuestra personal importancia, y por el otro buscamos mantener una comunicación plena y sincera con quienes y con lo que nos rodea, expresando en forma continua un profundo respeto y amor por todo y todos.

José Ignacio me enseño aprovechar cada minuto de la vida como si fuera el último.

José Guillermo Godoy

www.joseguillermogodoy.com/

 

 



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