23/02/2020

Tucumán

gestiones

Todo me tiene que pasar a mí

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24. De Tucson, Arizona)
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Todo me tiene que pasar a mí

Sólo a mí me pasa. Llego a la terminal de una ciudad de cuyo nombre me he olvidado, con el horario pasado, el colectivo ha salido hace cinco minutos, la pucha. Pregunto en la ventanilla, el próximo parte en una hora y media, compro un pasaje, qué otra me queda. Salgo a caminar de un lado al otro, mirando la gente, los kioscos, los chirimbolos que venden para los turistas, los mismos que en todos lados. En la otra punta, entrando a la mano izquierda hay un kiosco raro, con un tipo adentro que, al parecer no vende nada. Escribe unas planillas con una lapicera. Golpeo la puerta, entro.

—Buenas tardes, ¿oficina de qué viene a ser esta? — pregunto, como si supiera exactamente dónde estoy parado. Pero ni idea.

Me mira un rato el hombre, por encima de los anteojos.

—¿Usted quién es?

—Saavedra— respondo sin dudar.

—¿Para  qué quiere saber?

—Ah, sí, disculpe. Me han dicho que alquilan un local aquí, en la terminal y que hable con el capo, un tal González. ¿Es usted?

—Lo han confundido, amigo  —dice el hombre de anteojos— el administrador  es José Soria.

—¿Soria?, en fin. Me han dicho González. Pero, ¿dónde puedo verlo a ese Soria?

—Venga conmigo, lo llevo, tengo que ir para ahí.

Nos metemos en unos vericuetos desconocidos, en el camino  le explico al hombre que se me ha roto la camioneta Hilux justo esa mañana y tuve que ir en ómnibus a hacer unos negocios, qué clavo, ¿no? Subimos una escalera, llegamos a una oficina. Adentro hay una chica, parece la secretaria. Le avisa que vengo a ver a Soria.

—Espere un momento, voy a ver si lo puede atender. ¿Por qué asunto?

—Decile que lo atienda— le señala  el otro moviendo los ojos para arriba, como diciéndole “meta, chiquita, ¿no ves que es importante?”.

Al rato sale.

—Adelante.

Entramos. Soria me da la mano medio desconfiando. Parece un tipo accesible, nos invita a sentar. El otro le explica que ando buscando un local para alquilar.

—Sí hay, pero digamé, ¿de dónde es usted?

—De Santiago del Estero.

—Mmmhhh…  medio difícil, tiene que tributar en esta  provincia, pagar los impuestos aquí…

—En realidad el comercio lo pondría mi hija, que vive en su departamentode la San Martín al 800.

—… y tiene que presentar un garante.

—Mi cuñado trabaja en Casa de Gobierno...

—Sí,  pero lamentablemente tiene que ser de aquí.

—¿Mi cuñado?, nació aquí, lo mismo que sus padres y sus abuelos. Trabaja como secretario privado, con decirle que hablar con él es lo mismo que hablar con el Gobernador. Son amigos desde que eran compañeros en el secundario.

—Ah, así es otra cosa, ¿Qué apellido tiene?

—Yo soy Saavedra, Cornelio Saavedra.

—No, su cuñado, digo.

—Ah, mi cuñado es Autalán, Néstor Autalán.

—No  lo ubico.

—Casi siempre aparece  detrás del gobernador, es el de pelo cortito que está en todas las fotos, pero tiene órdenes de no hacerse notar, por seguridad, ¿ha visto?

Muestro un ejemplar del diario de esa  provincia que he comprado tempranito, al llegar. Hay una foto del Gobernador.

—¡Es este! — señalo un tipo que está medio desenfocado, atrás ,en la foto no se vé, pero es el que le lleva la valija a todas partes. Uf, no sabe, hasta Alemania han ido. Son culo y calzón. Es su hombre de confianza. De Autita de aquí, Autita de allá le trata el Gobernador.

—Sí, ya nos dijo ¿Usted a qué se dedica en Santiago?

—Soy comerciante.

Se miran medio desilusionados. Entonces agrego:

—Del rubro de la joyería, tengo un negocio mayorista, le proveo a las principales casas de Santiago, Salta, Tucumán, Jujuy.

Se miran, llaman a la secretaria, le piden que traiga una bebida fresca y una bandeja con sánguches.

—Si van a ser de jamón, que sea crudo—pido— porque la paleta me cae mal, la repito.

—¿Qué va a poner su hija en el local?

—Una casa de venta de ropa para niños, pero de marca. Son prendas que se confeccionan en el Uruguay y entran de contrabando porque mi sobrino, el hijo de mi hermana, es gendarme. Ahora está en el puente Colón — Paysandú.

Los tipos, el de anteojos y Soria me miran complacientes. Felices, se diría.

—¿Qué trámites tengo que hacer para poner el local?

—En realidad ahora no hay para alquilar, pero tratándose de usted podríamos hacer una excepción.

—Bueno, pero de cuánto estamos hablando.

—Unos doscientos cincuenta mil pesos...

—Pensé que era más— digo al instante.

— …. para comenzar —salta el hombrecito de anteojos— porque también hay  gastos, tenemos que convencerlo al supervisor y no nos debemos olvidar de la plata para el seguro y la forma 408 que nos exigen en Rentas.

—Ahá, ¿en total cuánto sería?

—Estamos hablando de unos quinientos mil, quizás un poco más.

Están buenos los sanguchitos. Como despacio,  sin apurarme, mirandolos de jamón crudo como si no fueran justo del jamón español al que estoy acostumbrado, como si tuvieran algo malo, casi con desgano. Son las cinco de la tarde y no he almorzado. De todas maneras tengo que cuidar las formas.

—Epa, epa, eso sí que suena  un poquito exagerado— señalo.

—Tratándose de un amigo como usted, podríamos tener alguna consideración— me avisan.

Conversamos de generalidades, el tiempo, las noticias de la televisión, cómo están de lindas las mujeres por este tiempo. Disimuladamente miro un reloj que hay en la pared. Es casi la hora. Pido permiso.

—Disculpen, he salido esta mañana tempranito de Santiago y no he podido ir al tualé todavía, ¿puedo?

—Faltaba más, vaya hasta el final del corredor y doble a la derecha.

Voy hasta el final del corredor. Doblo a la izquierda, bajo las escaleras a los santos  pedos. Mi colectivo está en la platabanda a punto de salir. Presento el boleto al chofer. Trepo. Asiento diecinueve, ventanilla. Se vé la oficina del primer piso, está con las cortinas corridas, pero hay dos sombras que, al parecer, esperan. Deben ser ellos. Tenía un paquete de pastillas de eucalipto que me saqué del bolsillo en la oficina y me doy cuenta de que lo olvidé en su escritorio. Qué mala suerte.

“En horario”, dicen los parlantes de la  terminal.

De repente el colectivo se empieza a mover. Salimos. Una gorda está sentada del lado de pasillo ocupa todo el lugar. Que lo tiró de las patas. Todo me tiene que pasar.

©Juan Manuel Aragón

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