28/06/2020

Tucumán

Botella en el océano de recuerdos de la Entre Ríos al 100

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Botella en el océano de recuerdos de la Entre Ríos al 100

Mis abuelos vivían en Tucumán en la calle Entre Ríos al 100, al frente de “Nuestro teatro”, de Rosita Ávila, vecina de toda la vida. Cuando se dejaron de usar los sombreros de mujeres, mi abuela le regaló los suyos porque en el teatro le serían de utilidad. Venían en unas cajas grandes, redondas y no los llegué a conocer, pero ahora que lo pienso, capaz que vuelven a estar de moda porque el sol ha vuelto a ser un enemigo declarado.

En la esquina de la Crisóstomo, del lado de los pares, había una carnicería. Mi abuelo a veces conversaba con los muchachos. Me parecía que eran amigos de toda la vida, pero también se me da por hablar con desconocidos y lo entiendo al viejo.

Al lado vivía el doctor Adolfo Piossek a quien debo haber visto una o dos veces en la vida. Lo único que sabía de él es que en las noches de invierno, tarde, cuando la ciudad estaba callada, se sentían las campanadas de su reloj que estaba pared de por medio con la pieza de los abuelos. Vagamente oí decir en aquel tiempo que la esposa era una poetisa, pero como no vivía en Tucumán, hasta pasados mis 30 no supe de la existencia de “La randera tucumana”, el poema de Amalia Prebisch. Quien lo ha pasado de largo sin leerlo, no diga que conoce Tucumán, porque miente.

En la esquina de la San Lorenzo, sobre la misma vereda, quedaba la verdulería de don Chicho. Mi abuelo solía cortar una uva para probarla y yo me moría de vergüenza porque creía que estaba robando. Una noche don Chicho cantó un tango en un concurso de la radio. Debe haber sido mi primer contacto con la música ciudadana. Al día siguiente mi abuela fue a felicitarlo y todo.

Al frente de don Chicho estaba la heladería Capri. Entonces vivíamos en Ledesma, Jujuy, y ahí había sólo picolé. Quizás fuera el entusiasmo inaugural, pero nunca he vuelto a saborear algo tan rico. Mis primos, los Martínez (Manuel, que luego se hizo sacerdote de la orden de los Predicadores y ya ha fallecido, César y Beatriz), que vivían en la Entre Ríos al 200 tomaban el helado comenzando por la parte de abajo del cucurucho, ¡eh, bárbaro! Alguna vez intenté copiarles, pero me falló y terminé haciendo un enchastre.

Esto ya lo he contado en la sección de lectores de un diario de Tucumán. Del otro lado vivían los Móllica. Ernesto Móllica, que ahora vive en Australia y a quien no he vuelto a ver desde entonces, fue el primer amigo tucumano que tuve, luego de esa publicación se puso en contacto conmigo, feliz porque el recuerdo de alguien inesperado del pago. Es un diario que prohíbe ver por internet las Cartas al Director a quienes no pagan y no abona un salario a los lectores por escribirlas.

Le cuento, entre los Móllica y la carnicería de la esquina, una vez se instaló una peluquería. Fue la primera vez que vi una en la que les lavaban el pelo a los hombres ¡con champú, qué horror!, los secaban y los llenaban de toallas por todas partes, ¡ay chuchis! Pero ya habían pasado los muchachos que usaban gomina y estaba el “Alerta”, que era el fijador que se ponían las viejas para conservar el peinado batido, pero para hombres. Y sí, alguna vez me puse gomina y también usé “Alerta” y sobreviví y aquí estoy para contarlo.

En la esquina de la Crisóstomo, al frente de la carnicería, un tipo de bigotes, don José puso un barcito. Nos daban unos pesos para que compremos una Coca y un panchito, una aventura oiga. Al lado del barcito había un kiosco de revistas en que el ómnibus que venía del campo —de la empresa Piedrabuena, de Carlos Singh—dejabalo que mandaban del pago.

Al frente vivían los Courel. Sabíamos de su existencia porque alguna vez, durante las fiestas de fin de año, hicimos guerra de cañitas voladoras contra su casa. Sobre la Crisóstomo, el tío Olegario Hernández, a la vuelta sobre la calles Las Heras, los primos Stagnetto. Y a continuación, el ancho país de los tucumanos. ¿Era otra Tucumán? No sé, no tengo cómo comparar. Hace 50 años que formo parte de la diáspora, aunque no me haya ido tan lejos, vivo en Santiago del Estero.

Dejo aquí esta botella en el océano de internet, con la ilusión de que alguien la halle y se anime a escribir los propios: entre muchos podríamos armar, un rompecabezas de aquel Tucumán que huyó para siempre cuando el último carro salió de casa “La Novia” y se perdió rumbo al bajo, anunciando que terminaba el tiempo tracción a sangre y advenía la modernidad sobre pavimento, una pesadilla de la que no logramos despertar.

Juan Manuel Aragón                   

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