30/06/2023

Opinión

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Rusia y la OTAN entran en una fase de equilibrio inestable

Por Eduardo J. Dior, para Télam.

Tras la superación de la asonada del Grupo Wagner, que el colega H. Kleimans excelentemente explicó en esta página (160.000 millones de dólares, el furbo y el mate lleno de infelices ilusiones), sucesivos indicios permiten pensar que el episodio estuvo rodeado de una gran operación rusa de inteligencia y contrainteligencia destinada a que Vladímir Putin concentre el poder sobre el Estado, las fuerzas armadas y la sociedad en vistas a una próxima agudización y ampliación de la guerra. El breve episodio inaugura una nueva fase de la confrontación con graves repercusiones internacionales.

El corto alzamiento de la Compañía Militar Privada Wagner terminó el sábado 24 por la tarde, después de que su jefe, el empresario Evgueni Prigoyin, retiró sus fuerzas (que entonces ya estaban a 200 km de Moscú) a Rostov del Don y se refugió junto con sus más leales en Bielorrusia, siguiendo la invitación del presidente Aleksandr Lukashenko.

Más allá de las explicaciones que dieron Vladimir Putin, el propio Lukashenko y Prigoyin, un primer vistazo al tablero de ajedrez nos dice que todas las piezas parecen estar cayendo en su sitio. Prighozin consigue un paracaídas dorado en Bielorrusia. El ministro de Defensa, Serguei Shoigu, puede estar a punto de ser despedido, tal vez también el jefe del Estado Mayor Conjunto, Valeri Gerasimov. 

En efecto, una exigencia clave de Prighozin era la doble dimisión de Shoigu y de  Gerasimov. Ambos estarían pagando por las capas de funcionarios profundamente disfuncionales que hay dentro del Ministerio de Defensa y del Estado Mayor. Entre tanto, a aquellas unidades de Wagner que no siguieron a su jefe en la aventura se les ofreció incorporarse como cuerpo regular del Ejército. La empresa, no obstante, puede seguir operando en África, donde ayuda a los gobiernos de Mali, Burkina Faso y República Centroafricana a combatir al Estado Islámico.

La Compañía Militar Privada Wagner es una firma privada financiada exclusivamente con fondos públicos (como subrayó Putin en su discurso del lunes pasado) e integrada por oficiales retirados del ejército y presidiarios que así obtienen la condonación de sus penas. En realidad, funciona como una cofradía jurada, porque todos sus miembros son rusos, fanáticamente patriotas y sólo combaten para los intereses de Rusia. 

En Ucrania ha servido como formación especial para aquellas misiones –sobre todo de guerra urbana- de alta peligrosidad y combate cercano, para las que el alto mando no quería emplear voluntarios ni reservistas por miedo a perder el apoyo de la población.

Sin embargo, a diferencia de otras compañías privadas (como los chechenos o los buratos), Wagner nunca se integró en la cadena de mandos del ejército ruso. Esta autonomía creó muchos conflictos que se agudizaron por la propia personalidad de su jefe.

Evgueni Prigoyin es un multimillonario judío que hace treinta años hizo fortuna vendiendo panchos en la calle, luego pasó a tener una cadena de locales de comida rápida en San Petersburgo y después abrió algunos restaurantes de superlujo en los que se relacionó con la nueva elite rusa, incluido el propio Vladímir Vladimirovich. Prigoyin es un caudillo irascible, violento y cambiante, pero imaginativo y decidido. Por eso sus tropas lo idolatran.

El personaje es archiconocido por el servicio de seguridad interior FSB (por el nombre en ruso) y, evidentemente, lo esperaban. El propio Washington Post, vocero habitual de la CIA, informó el domingo que “los servicios de inteligencia norteamericanos estaban informados con antelación de que Wagner se alzaría contra el alto mando ruso, pero no sabían cuándo”. Los servicios rusos, por su parte, informaron este martes que en las oficinas centrales de Wagner han hallado una gran cantidad de dinero de origen desconocido. ¿Una provocación en la que los occidentales cayeron como chorlos?

Como saldo de la crisis la CMP Wagner pasó de la jurisdicción rusa a la bielorrusa con armas y bagajes. Según informaciones ucranianas del miércoles, los 8.000 efectivos de Wagner que ingresaron en Bielorrusia el martes estarían en una br unos 100 km al sur de Minsk, pero pronto podrían apostarse en la frontera ucraniana, a 100 km de Kiev, o en la polaca, a 150 km de Varsovia

La incorporación de los recién llegados, junto con la reciente transferencia de armamento nuclear táctico ruso, obliga a una reorganización general de las Fuerzas Armadas de Bielorrusia. Wagner puede aportarles una gran experiencia militar y distraer numerosos efectivos de la OTAN.

Otro ganador de la crisis fue Aleksandr Lukashenko quien, al mediar exitosamente en la crisis, mejoró su calificación política que en los últimos años estaba bastante afectada. En la sociedad rusa, en tanto, el levantamiento de Wagner ha suscitado una gran solidaridad con el Ejército. La superación del motín es un buen pretexto para que el Kremlin ajuste su control sobre las fuerzas armadas, el Estado y la sociedad.

Se están acumulando los indicios de que, informado con antelación, Vladimir Putin dejó estallar el alzamiento de Evgueni Prigoyin, para apartar a Wagner del frente de batalla, sin suscitar reclamos del pueblo -que ve a los “músicos” como héroes-, depurar el liderazgo militar e iniciar una masiva cacería de objetores de la operación militar.

En Moscú y las provincias se ha puesto en marcha una compleja y exhaustiva operación antiterrorista. Experto yudoca, el presidente ruso habría provocado la cuartelada, para devolver el golpe con el doble de fuerza. Con el apoyo activo de su pueblo, reunió en sus manos todo el poder. Y además lo hizo en el momento oportuno.

La contraofensiva ucraniana en la sureña provincia de Zaporoyia se está desgranando al chocar contra el muro defensivo ruso. Después de un mes de continuos ataques no ha podido reconquistar más de 20 km cuadrados y ha perdido miles de hombres y mucho equipo. Por cierto, Ucrania todavía tiene potentes reservas, pero, si las utiliza en este frente y no obtiene ninguna victoria importante, le faltarán para combatir en otros sectores. 

Rusia todavía no ha utilizado las reservas reclutadas el año pasado. Hasta ahora se ha defendido flexiblemente y ha jugado a desgastar al ejército ucraniano. En corto tiempo esta sangría va a alcanzar un punto de no retorno. 

Claro que cada vez más tropas occidentales luchan contra Rusia en el este y sur de Ucrania, pero ¿hasta qué punto pueden hacerlo? ¿Está la OTAN dispuesta a mandar abiertamente a Ucrania unidades de combate enteras? No es previsible que se arriesgue.

Si no se anima a hacerlo, en algún momento de los próximos meses Rusia aprovechará el desgaste ucraniano para pasar a la ofensiva. La guerra de posiciones se convertirá en una guerra de movimientos, donde prevalecerá quien pueda poner mayores contingentes y moverlos más rápido sobre el campo de batalla

Si EE.UU. no negocia –y no parece que esté dispuesto a hacerlo hasta las elecciones de noviembre de 2024-, deberá combinar las presiones diplomáticas sobre los países no alineados para ampliar la coalición antirrusa, con la creación de un segundo frente en algún otro punto del globo.

La guerra entre Rusia y la OTAN entró en una nueva fase. Si bien ambas partes mantienen discretas conversaciones (aún no negociaciones), el conflicto tiende a agudizarse y a extenderse a otras regiones del globo. El tiempo por venir será de grandes maniobras, constelaciones cambiantes y giros sorprendentes. Falta mucho todavía para llegar a la paz.




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