13/09/2020

Opinión

Qué tienen que ver Aristóteles, las lapiceras y la bombita de queso

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Qué tienen que ver Aristóteles, las lapiceras y la bombita de queso

Las bombitas de queso son golosinas de la mesa de muchos mediodías. Puré de papas, huevo, queso cuartirolo y pan rallado para empanarla, luego puestas al horno o fritas, son una tradición, compartida por miles de familias en el redondo mundo llamado, por nosotros, la Argentina.

Quizás en otros países también las saboreen con otros nombres, en formitas diferentes, en una de esas allá tienen otros ingredientes que aquí no se nos ocurrieron, quién sabe, ¿no?

Forman parte de un selecto grupo de comidas, cuya preparación no es gran cosa, pero tienen a la vez un punto justo y requieren de una mano especial para que salgan iguales a las de la madre en la casa de la infancia. Algo así como la ambrosía de los tucumanos, el rosquete de los loretanos, o la tortilla rueda i´carro amasada en los pagos de Sol de Mayo, en el departamento Jiménez de Santiago, cuando era un pueblo hecho y derecho.

Quienes leyeron a Aristóteles, sostienen que describió a la felicidad como un ánimo, término medio entre el ser y el no ser, entre estar y no estar, el titilante sentimiento de saber que lo deseado se va a cumplir inexorablemente, pero todavía no es. Cuando se recibe algo deseado, el momento más feliz es cuando lo está por tener, luego este sentimiento va pasando y al cabo del tiempo se ha ido.

Un caso, usted ahorra dinero para comprar un carrito y buscar escombros; quiere ganarse la vida de otra forma pues está cansado de lustrar zapatos. Deja de tomar, no sale de farra y junta plata. Un buen día alguien le avisa: cerca del barrio Los Telefónicos hay uno que quiere vender un carro y dos mulas. Va. Conversa con el hombre, cierran trato. Bueno, ese es el momento más feliz. Luego, cuando salga a buscarse el mango ya no estará tan contento, será algo de todos los días, ¿entiende?

Es como en la vida. Usted ha salido a la mañana a hacer la plata como vendedor de lapiceras de colectivos y ese día le han comprado dos nomás. Vuelve frustrado a la casa; sabe que puso su empeño, alzó la voz en el momento justo, dijo las palabras exactas en el instante indicado, tuvo el énfasis necesario para mostrar el producto como si en vez de biromes hubieran sido lapiceras Sheaffer de pluma de oro, pero no pasó nada.

Se sienta a la mesa, la patrona trae una fuente, la mira con desinterés. Luego levanta el repasador y abajo hay relucientes bombitas de queso recién hechas. Oiga, amigo, ¿no le cambia el ánimo? Bueno, si eso no es la felicidad, le pasa raspando.

Juan Manuel Aragón                   

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